Utopic Plaza

«Sólo es posible al anochecer. Porque de día resulta prácticamente invisible. La luz del sol te encandila, te ciega. Y ves aquello que cualquiera ve. O lo que otros quieren que veas: la simple e inocente apariencia. Podía intentarlo apretando los ojos, entrecerrándolos, para que en medio de esa imagen empañada, borrosa, como envuelta en lágrimas, fuera apareciendo, si acaso, el contorno de los verdes tentáculos que envuelven al monumento, que lo abrazan con deseos de estrangularlo, de ocultarlo, de desaparecerlo. Pero de esa forma nunca se obtienen resultados confiables. Hay que esperar la noche. Sólo en la calma de la noche, en la soledad de la noche, cuando el pensamiento logra recorrer velozmente y sin miedo cualquier territorio, por muy oculto que esté, es que la verdadera amenaza resulta perceptible. Como si la oscuridad nos quitara momentáneamente la venda de los ojos, nos diera permiso, licencia. O a lo mejor es que estamos dormidos y solo se trata de las pesadillas de siempre, las que desde nuestra infancia persiguen y arrebatan nuestra tranquilidad con eufóricos gritos y consignas, con tareas y obligaciones, con sueños utópicos de un futuro que se aleja y se aleja in-fi-ni-ta-men-te sin que lleguemos a alcanzarlo jamás. Sueños donde suenan cadenas, y nuestro olfato es invadido por un acre olor a encierro, a prisión mohosa, a desesperanza»


Orlando Hernandez

Utopic Plaza Setting up

Utopic Plaza Setting up

Utopic Plaza Setting up

Mural Utopico

Solo de noche, y a veces ni siquiera así, podemos ver el peligro real que nos acecha. Sencillamente no queremos verlo, ni siquiera saber que existe. Nuestro cerebro lo prohíbe, lo bloquea. Un tupido camuflaje ha estado ocultándolo. Lo hace parecer un sembrado inocente, la hiedra en el muro que no nos deja ver el muro, la solidez del muro, la rigidez del muro; un tejido vegetal extendiéndose, cubriéndolo todo con su gracioso manto de prohibiciones, mentiras y promesas. ¿Por qué ha venido a crecer esta flora, esta fauna verdosa sobre un monumento que imaginábamos un templo limpio, puro, un monumento presidido por un hombre amable, fino, un poeta, que quiso y buscó hasta su muerte lo mejor a lo que podía aspirar un cubano: su libertad, toda su libertad? La edificación que parecía escenificar y glorificar las buenas intenciones no era lo que pensábamos, sino un enérgico cetro, un férreo bastón de mando sostenido por un rey despótico en un gigantesco ajedrez donde ni siquiera logramos hacer tablas, donde siempre perdemos. Nos cuesta mucho trabajo verlo, aceptarlo. Y el peligro no es lo blando, sino lo rígido. Confundimos lo aparentemente monstruoso con el monstruo real, verdadero. No lo vemos. Aunque la cima se nos muestre siempre coronada de oscuras tiñosas. ¿Acaso estamos todos muertos? Tenemos que abrir los ojos en la noche si es que queremos entender la verdadera claridad


Orlando Hernandez

Utopian Mural. Linea and 12 street. Havana

Utopian Mural. Linea and 12 street. Havana

Utopian Mural. Linea and 12 street. Havana

Guardavecinos

La vida cambia. Nos cambia. Éramos vecinas. Intercambiábamos chucherías, platicos de dulce, caramelos de balcón a balcón, poquitos de sal, tacitas de café, una cebolla. Nos guardábamos turnos en las colas. Nos avisábamos con alegría, con euforia sobre la llegada de la papa, del pollo, de los huevos, o de cualquier otro producto de la cuota del mes.

¿Acaso había asuntos más importantes en esta puñetera época? No éramos propiamente amigas, pero quizás pudimos serlo. De vez en cuando nos visitábamos. Un día, sin embargo, hice un chiste que escuché en el trabajo. Un chiste algo grosero sobre la política doméstica. Nada que todos no supiéramos, ok? Y tuve que reírme sola. A partir de ahí la desconfianza y el silencio comenzaron a crecer velozmente entre nosotras hasta convertirse en una tupida jungla, en un espinoso matorral repleto de sospechas, de odios. No podía comprender aquella exagerada actitud. Ambas sufríamos las mismas circunstancias y yo sabía muy bien que en el fondo pensábamos lo mismo, que estábamos de acuerdo. No entendía como un chiste, o una supuesta desavenencia política podía crear aquella maraña de sentimientos oscuros, de caras viradas, de miradas llenas de menosprecio. Y aquella enredadera comenzó a crecer y a crecer entre nosotras impidiéndonos el saludo, el contacto, el dialogo. Su marido –a ese que en el barrio le dicen Yarini--, sin embargo, nunca dejó de sonreírme y de mirarme como si yo fuera una puta y quisiera comerme.


Orlando Hernandez

Compostela Utopica. Habana Vieja, Cuba

Compostela Utopica. Habana Vieja, Cuba

Habana Vieja Utopica#1. Habana Vieja, Cuba

Habana Vieja Utopica#1. Habana Vieja, Cuba