UN BODEGÓN PARA CAMPESINOS FELICES

texto para el catalogo de la exposición personal "Paladares" 1995

NORGE ESPINOSA

    Ahora que demasiadas cosas amenazan con ser "como artes", que los cambios más insospechados ocurren con la mayor rapidez y se suceden tantas metamorfosis casi sin avisar; el cubano -con su proverbial descaro y el no menos proverbial afán de sobrevivencia al que le debe tanto-, ha decidido ponerse a tono con tan azarosos tiempos. "De vuelta a las raíces” (ay, Lydia Cabrera), intenta revitalizar los rituales aparentemente olvidados, esos que nos hacen únicos y por los cuales algún curioso venido a menos estará siempre dispuesto a pagar. El paisaje, a pesar de las ruinas intenta recomponerse; y si bien el resultado es más simulacro y carnaval que otra cosa, no dudo que alguien pueda levantar estadísticas de triunfo ante el estupor del extranjero. Porque, aunque sea con máscaras, seguimos siendo los mismos.

Claro, a veces el ritual se tambalea (en tantos años, alguna ausencia grave habrá que lamentar). Pongamos por caso, la hora de sentarse a la mesa. El cubano común, el buen y pródigo cubano, ¿qué no lamentará ante el mantel casi desierto, aquel, que en los lienzos del siglo XIX y mediados del XX se ofrecía coma un cúmulo de manjares, bebidas y tantas otras exquisiteces? El asunto es preocupante: un pueblo sin memoria gastronómica, sin medios que le permitan conservar esa tradición en el presente, es (cuando menos, y, que Dios nos libre) un pueblo de memoria desnutrida.

¡Pero, voila! ahí están las tradiciones. La misma pintura cubana, allá en sus remotos inicios escogió un tema exportado desde la península que, a fuerza de repetirse, llegó a gustar e imponerse: el bodegón, flores, platos y -principalmente- comida presentada de manera tan correcta que, de no saber lo que sabemos, podría hacernos pensar en un gourmet orgulloso de su mercancía, antes que en un pintor de elegante academia. Y acudiendo -¡por qué no?-- a otra respetabilísima tradición española que recogimos con elevado énfasis (mas bien cabría decir: con exagerado embullo), la del pícaro; acaso podríamos, uniendo una y otra, comprender qué lúcidos senderos para la conservación de una importante memoria patria ha escogido, en sus bodegones, el pícaro Elio Rodríguez.

Digamos que se anuncia: esto es, que se vende. No es el único, pero podría tener éxito. Nuestras empresas, gastronómicas, ocupadas en reaprender ahora el oficio de la venta que antes habían desdeñado, no tienen la ventaja que este muchacho parece haber conseguido. Vende sus productos con arte, colorido y alusiones eróticas. Ya se sabe: nada hay más parecido al sexo que el mero y nada evitable placer de la gula.

Con una mirada de comerciante avispado, Elio nos invita a rehacer los mitos bebestibles y comestibles de la Isla: al Havana Club ha de sucederle el Macho Club; al Cerelac, la Macho Milk; a la dudosa y aún reciente Tropicola se enfrentará el Machito Drink ... Y todo ello combinado con vajilla apropiada, color nacional y evidente frescura. Si nuestros empresarios llegasen a hacerle caso a este muchacho (caso hipotético), estarían salvadas las mesas de cada hogar. Se que Elio - cubano común, prodigo y buen cubano-, no olvidará a su compatriotas y de poder producir sus variedades las pondrá al alcance de todos los bolsillos. Una labor de rescate que, estoy seguro, haría chuparse los dedos al mismísimo Eusebio, el Leal.

Pero ya se sabe: en una isla las cosas dan vueltas y se demoran. Mientras los funcionarios discuten, las viandas se pudren de aburrimiento en los surcos y los ciclones se turnan el próximo desastre natural, Elio espera. Paciente, educado: Pero acaso para incitarnos, para convocarnos a que le ayudemos en su propósito, pintar sus proyectos: los coloca en el lienzo con una exuberancia festiva, muy de la época, que terminará derrotando a los burócratas más empedernidos, con absoluta seguridad. Observe bien estos cuadros, valórelos no sólo por la calidad que puedan o no tener; sino también por todo aquello que nos recuerdan, todo lo que prometen -apetitosamente -recobrar.

Uno de los más famosos -y menos estudiados- cuadros de Velázquez es un bodegón, el almuerzo de unos humildes campesinos. Uno de ellos, mostrando una jarra llena de vino, sonríe con picardía al abrumado espectador de hoy. Ojalá pueda pronto Elio colocarnos del mismo modo en su bodegón, acompañado esas frutas y manjares que ahora contemplamos con mas de un hambre en su rotunda soledad de meros tesoros evocados -Ojala se atiendan sus planes, se escuchen sus propuestas y podamos sentarnos ante el lienzo seguro de una buena mesa, para recordar los tiempos en que todo eso nos parecía cosa lejana y punto menos que imposible. Ahora, en lo que tanta dicha se demora, -observe. Observe y calle: ya se sabe: no es buena educación hablar hablar con la boca llena.

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